Tener la tentación de comer un pastel y no hacerlo por estar a dieta o quedarte en casa estudiando para el examen en vez de salir de fiesta. La forma en que reaccionamos ante estas situaciones cotidianas puede ofrecernos más información acerca de las personas de lo que parece.
Estas situaciones están poniendo a prueba nuestra capacidad de autocontrol, es decir, nuestra habilidad para gestionar emociones y resistir impulsos a corto plazo en favor de la consecución de metas a largo plazo. De esto se encarga el lóbulo prefrontal de nuestro cerebro, encargado de nuestro control ejecutivo. Es decir, de tareas como la toma de decisiones, planes, regulación emocional, etc. Indudablemente, todos podemos imaginar las desastrosas consecuencias de ceder siempre a nuestros impulsos y emociones. De hecho, desde muy pronto podemos predecir en nuestros hijos posibles consecuencias de unos altos o bajos niveles de autocontrol.
EL TEST DE LA GOLOSINA
El conocido como “The Marshmallow Test” (el test de la golosina) mostró precisamente las consecuencias. Este test fue realizado por Walter Mischel a final de los 60 en la Universidad de Stratford. Consistía en llevar a un niño prescolar a una habitación donde había una golosina y observar si era capaz de resistir la tentación y no comérsela durante 15 minutos. Si lo conseguir recibiría una golosina extra. Este experimento media por tanto el nivel de autocontrol. Los niños del experimento fueron seguidos durante 14 años y se observó que aquellos que habían conseguido esperar y por lo tanto retrasar la gratificación de la golosina eran personas con mayor autoestima y mayores umbrales de frustración. Además, también eran más competentes a nivel académico, mostraban menos problemas socioemocionales, menor predisposición a la obesidad y eran más exitosos en su lugar de trabajo.
EFECTOS DEL AUTOCONTROL
Estos resultados han sido confirmados posteriormente. Por ejemplo, se ha observado que el autocontrol es un factor predictivo importante del logro (Duckworth, 2010; Wolfe & Johnson, 1995; McClelland et al 2014). Además, un mayor autocontrol infantil se ha asociado con una mejor salud física, menos dependencia de sustancias, mayor salario y menos casos de delitos penales en la edad adulta (Moffitt et al. 2011).
Esta habilidad se desarrolla durante la infancia y algunos de los cambios más grandes se producen entre los 3 y los 7 años. Durante estos años se va aprendiendo a cómo gestionar sentimientos negativos y a construir una buena autoestima a través de relaciones sociales satisfactorias. Aunque hay cierta predisposición genética (Reif et al. 2009), ciertos factores ambientales como pertenecer a un estatus socioeconómico bajo, tener padres con limitado nivel de autocontrol, distantes emocionalmente o negligentes, son factores que predisponen a los niños a presentar bajos niveles de autoregulación (Willems et al. 2018; Pinquart, 2017; Piotrowski et al. 2013)
PROGRAMAS Y ESTRATEGIAS
Afortunadamente se han aplicado programas y técnicas que han podido mejorar el autocontrol y reducir la delincuencia y las conductas problemáticas (Piquero et al. 2010). Las estrategias de intervención pueden incluir la enseñanza de técnicas de mindfulness o mediación (Teper et al. 2013), elogiar de manera consistente el autocontrol (Steelandt et al 2012), establecer juegos en los que se practica el autocontrol (Tominey and McClelland 2009), inculcar una mentalidad que acepte los errores y los desafíos como medio de aprendizaje Dweck, 2006), entrenamiento emocional para la resolución de problemas (Shortt et al. 2010), alentar a los niños a que planeen con antelación y promover el auto diálogo en voz alta (Unterrainer et al 2006; Lidstone et al 2010).
CONCLUSIÓN
Esta es una habilidad importantísima para la vida, sin la cual, el que está a dieta nunca adelgazaría o el estudiante nunca terminaría sus estudios ya que no podrían reprimir sus impulsos. Esto es más importante que nunca en una sociedad que busca la gratificación instantánea y resultados inmediatos. Nos estamos acostumbrando a buscar una cosa en Amazon y recibirla al día siguiente, calentar comida precocinada y tenerla lista en un instante, todo con el afán de tenerlo ya, aquí y ahora. Sin embargo, las cosas que realmente valen la pena no se consiguen de manera inmediata. De alguna manera tendemos a olvidar que conocer a una persona, conseguir el trabajo deseado, o incluso obtener los resultados de hacer dieta son cosas que llevan tiempo.






Los genes operan en el medio y pueden producir cambios en nuestra estructura genética que da lugar a diferentes fenotipos, que es la forma en que nuestros genes se manifiesta (Kendler y Eaves, 1986). Esa es la razón por la cual factores como el estatus socioeconómico tienen un impacto significativo en estos resultados. Esto se basa en el paradigma del «Intercambio Dinámico» (Magnusson, 1990) que afirma que tanto la personalidad como el ambiente son agentes y promotores de continuos y recíprocos intercambios entre ambos. Es decir, la personalidad influye en el ambiente en el que vivimos, y el ambiente ejerce influencia sobre nuestra personalidad.
Los estudiantes enfrentan un sistema educativo que no se ajusta a las necesidades e intereses de muchos niños (Engel, 2011). Esto se traduce en altas tasas de abandono escolar y falta de motivación para cumplir los objetivos académicos (Unesco, 2012). Esto alimenta la necesidad de reformar un sistema educativo que debe adaptarse para despertar la curiosidad y la motivación de los estudiantes.
Además de las habilidades metacognitivas, también es posible encontrar otros términos referidos a lo mismo tales como «habilidades no cognitivas», «factores de motivación» o «fuerza del carácter» para referirse al mismo concepto. Sin embargo, Conley (2013) considera más apropiado usar el término «habilidades metacognitivas» en lugar de habilidades no cognitivas argumentando que la persistencia frente a las dificultades, la superación de la frustración, la resiliencia y el establecimiento de objetivos específicos requiere e implica formas superiores de pensamiento y cognición.