Es una obviedad que nuestras creencias y mentalidad ejercen una influencia sobre los resultados que obtenemos en nuestra vida. Un claro ejemplo es el efecto placebo, en el que administrar una pastilla que no es realmente un medicamento mejora los síntomas de una persona. Incluso Confucio lo puso de relieve cuando dijo: «El que dice que puede y el que dice que no puede, ambos tienen razón».
Esto mismo pensó la psicóloga americana Carol Dweck cuando observó en el ámbito escolar que los alumnos más inteligentes no siempre eran los que mejores notas sacaban. Por lo tanto, si no era la inteligencia ¿qué era aquello que diferenciaba a unos alumnos de otros?
La literatura científica indica una relación entre el tipo de mentalidad que el alumno tiene y su rendimiento académico. Podemos distinguir entre dos tipos de mentalidades: mentalidad de crecimiento y mentalidad fija. Si tienes una mentalidad de crecimiento crees que tus habilidades personales son cosas que puedes desarrollar con esfuerzo. La gente puede diferir en sus aptitudes iniciales, pero éstas pueden ser desarrolladas con esfuerzo y experiencia. En cambio, si tienes una mentalidad fija crees que naciste con una determinada capacidad de inteligencia y personalidad que no puedes cambiar (Dweck, 2006).
Pongamos como ejemplo dos estudiantes de matemáticas. Ante un examen suspenso el alumno con mentalidad de crecimiento pensará que ha suspendido porque no ha estudiado lo suficiente. Como consecuencia la próxima vez se esforzará más e intentará aplicar diferentes estrategias para poder aprobarlo. En cambio, el alumno con mentalidad fija pensará que la razón de su suspenso es que las mates no son lo suyo y tenderá a abandonar.
Y ahora te preguntarás ¿cómo afecta un tipo de mentalidad u otro? El tipo de mentalidad que un estudiante tiene, influye sobre diversos factores motivacionales que a su vez afectan a las atribuciones, metas, creencias sobre el esfuerzo, estrategias y finalmente a sus resultados académicos (Elliot et al. 2017). Observa la siguiente tabla.
Las evidencias muestran una relación positiva entre mentalidad de crecimiento y logro académico (Blackwell et al. 2007). La buena noticia es que una mentalidad de crecimiento puede ser inducida a través de intervenciones experimentales (Miu & Yeager, 2015; Yeager et al. 2014).
Es importante resaltar que las diferencias entre alumnos con un tipo de mentalidad y otra solo relucen ante periodos de dificultad. Por lo tanto, no hay diferencias a nivel académico entre unos y otros ante circunstancias favorables y tareas sencillas.
Es por ello que estas intervenciones han resultado ser más eficaces en adolescentes, los cuáles atraviesan periodos de cambio y adversidad (Romero et al. 2014). Sin embargo, intervenciones tempranas son recomendables.
Ante estos hallazgos, se debería poner mayor atención en fomentar una mentalidad de crecimiento en los alumnos para obtener mejores resultados académicos y personales. Desgraciadamente, dado que la literatura científica es publicada de manera mayoritaria en inglés, esta fuente de conocimiento está pasando totalmente desapercibida salvo en países anglosajones donde hay un mayor foco y creciente interés en este ámbito.
En mi opinión, la educación va más allá de los contenidos, y es nuestra responsabilidad iluminar a nuestros jóvenes. Para ello es imprescindible hacerles creer que pueden crecer, cambiar y desarrollar su inteligencia y habilidades. Si quieren conocer más acerca de este tema manténgase atentos a próximas publicaciones.

